Cuban Kids from the 60s Exodus

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MIS HIJAS VINIERON SOLAS EN LA OPERACIÓN PETER PAN

                           Dulce María Iglesias de Martínez  

 

Dolor, angustias, temores, sobresaltos, depresión… estados de ánimo sufridos por todas las madres y padres que tuvieron el coraje de enviar a sus hijos solos a una situación desconocida, en un país extraño. ¿Qué los impulsó a dar ese paso? Multitud de razones había, y todos los padres que desean lo mejor para sus hijos sabían que un país que iba por los senderos que estaban llevando a Cuba no podía ser el lugar adecuado para que ellos crecieran. Temor a perder la patria potestad fue una de las razones; horror de que sus hijos terminaran en la cárcel por decir o hacer algo no aprobado por la revolución fue otra; angustia de ver a sus hijos privados de libertad para expresar sus sentimientos y obligados a repetir frases y lemas en los que no creían, mientras controlaban sus emociones… ¿Cuánto tiempo se puede vivir así?

 

Nosotros vivimos desde 1959, cuando me convencí de que la revolución no era verde como las palmas sino como el melón de agua, y mis hijas supieron que nos estaban mintiendo y obligando a creer en cosas inexistentes, mientras los horrores más increíbles estaban sucediendo en la patria querida.

 

Los padres que pudieron se fueron con sus hijos a la mayor brevedad; los que no podían irse, por multitud de razones, buscaron la manera de enviar a sus hijos fuera de la isla, en busca de libertad. No tenían que ser necesariamente los seguidores de  Batista ni los capitalistas temerosos de perder sus fortunas, pues ellos escaparon enseguida, cuando 95% o más de los cubanos creían que la revolución era la salvación de Cuba. Los que nunca habían intervenido en la política, los que habían trabajado en sus profesiones u oficios cumpliendo con sus deberes y educando a sus hijos, no pensaron que el lema del nuevo gobierno sería: “El que no está con nosotros, está contra nosotros”.

 

 En las escuelas públicas de Cuba nunca se hablaba de religión ni de política, en las escuelas religiosas la religión era parte del currículum, en las otras privadas era opcional recibir clases de religión;  pero el nuevo gobierno prohibía la instrucción religiosa e imponía la enseñanza del marxismo leninismo en todas las escuelas y se apoderaba de todas las escuelas privadas, obligando a todos los maestros a recibir instrucción que los capacitara para indoctrinar a los niños en las nuevas ideas socialistas y comunistas que se trataban de imponer. Mi esposo (José Manuel Martínez Pinet) era periodista profesional y maestro pedagogo como yo, pero nunca nos habíamos involucrado en política y no estábamos dispuestos a que nos lavaran el cerebro.

 

Mis hijas se educaron desde pequeñas en el Colegio Excelsior, una escuela privada incorporada al Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana, donde una sesión era en español y la otra en inglés, donde se exaltaban los valores morales, espirituales y culturales de la familia cubana; donde los niños aprendían la importancia de la amistad, el respeto a sí mismos y a los demás, la sinceridad, la honestidad y el amor a la patria. ¿Cómo podrían todos esos alumnos aceptar los rumbos que estaba tomando el nuevo gobierno? Claro que un pequeño grupo de padres y alumnos de dicha escuela constituyeron la excepción y se dieron a la tarea de hacerles la vida imposible a los que no aceptaban las nuevas doctrinas y estaban dispuestos a abandonar el país.

 

Gladys y Yolanda tenían 15 y 16 años, habían terminado segundo y cuarto año de Bachillerato respectivamente, nunca se habían separado de nosotros un sólo día, estaban sobre-protegidas por sus padres, por sus maestros, por sus abuelos y toda la familia; pero no estaban preparadas para aceptar la vida que el castro comunismo les deparaba. Supieron que muchos niños estaban abandonando el país sin sus padres rumbo a  los Estados Unidos, donde personas piadosas los acogían y orientaban… Ellas querían irse también.

 

 ¿Cómo pudimos tomar la decisión de enviarlas a lo desconocido: un país donde nunca habíamos estado, donde no teníamos familia, a donde tal vez nunca podríamos llegar nosotros? ¡Qué no hace una madre por las hijas que han sido acusadas de ser contra revolucionarias ante el Comité de Defensa de la Revolución de la cuadra donde vivían! Desde convencer al esposo, quien prefería morir antes que separarse de sus hijas, hasta llegar a la persona que en La Habana tenía a su cargo la operación de sacar a los niños de Cuba. Todo se hacía de una forma tan discreta y callada que algunos padres que ya habían sacado a sus hijos lo habían hecho por intermediarios de toda confianza y no daban información.

 

Una querida amiga (Margarita) con quien estuve 15 años trabajando en la escuela primaria superior #3 de Marianao, se preocupaba por mis hijas y me aconsejaba que las sacara del país, aunque no sabíamos cómo. “No busques las ramas, busca el tronco, yo voy a tratar de obtener la información”,  me dijo un día cuando ella ya estaba en camino de salir con su esposo y su hija, pues tenían pasaportes viejos y alguien les había puesto el cuño de la Visa (en Cuba ya no había embajada norteamericana) para que pudieran irse a refugiar a USA. Antes de salir nos llevó la información necesaria: el tronco era la Sra. Paulina Grau Agüero (Polita) y su hermano Ramón (Mongo) Grau.

 

Personas modestas, trabajadoras, simples maestros y periodista sin conexiones políticas o sociales ¿cómo íbamos a llegar a los sobrinos del  Dr. Ramón Grau San Martín, dos veces presidente de la República? Él fue uno de los presidentes que tuvo Cuba a la caída de Gerardo Machado en 1933; su proyección era muy  buena pero la situación caótica en que estaba el país no le permitió estar mucho tiempo en su posición. En las elecciones de 1944 el Dr. Grau fue electo presidente de la república por una abrumadora mayoría  (Yo no tenía voto todavía) y por ser soltero, la sobrina Polita era la Primera Dama. Durante el primer mandato la primera dama había sido Paulina Alcina, viuda del hermano del Dr. Grau y madre de Polita y sus hermanos.

 

Cuando Margarita me dio la  información, yo le   dije que eso era un imposible para nosotros, pero ella contestó: “Dios es muy grande. Ustedes hallarán  la forma de llegar a Polita Grau.”… Yo no tengo dudas de la gran ayuda que Dios nos dio.

 

Mis hijas habían recibido clases de catecismo en la escuela para tomar la Primera Comunión y se nos ocurrió llamar a la maestra de Religión para saber si ella conocía a Polita, pero su mamá (la Sra. Llansó) nos informó que ya se habían ido del país las dos hijas con sus niños. Desconcertadas seguimos pensando qué otras puertas podríamos tocar, sin perder la fe ni descorazonarnos cuando  amiguitos y alumnos vinieran a despedirse porque se iban, mientras mis hijas seguían en la casa, usando apenas el teléfono y sin confiar en nadie porque sabíamos que estábamos siendo vigilados las 24 horas del día. El querido colegio Excelsior, donde yo trabajaba en la mañana, ya había sido intervenido como todas las escuelas privadas.

 

Tres días después de nuestra llamada, nos llamó la Sra. Llansó para informarnos que acababa de hablar por teléfono con su hija y quería vernos cuando nos fuera conveniente, pues ella y su esposo solamente salían a las seis de la tarde para ir al Rosario en la iglesia de Santa Ana. Inmediatamente salimos las tres para casa de la señora, a pocas cuadras de la nuestra, aunque ella estaba en Miramar y nosotros en Almendares; pero cuando salíamos llegaba mi esposo en el auto y se nos unió para mayor seguridad, pues estábamos viviendo días muy difíciles.

 

“No, yo no conozco a Polita pero mi hermana C. juega Canasta con ella todos los miércoles y estoy segura de que con mucho gusto les dará una carta de presentación para que vayan a verla”, fueron las palabras de la Sra. Llansó cuando le explicamos la razón de nuestra llamada a su hija. Y luego agregó que su hija la había llamado por teléfono pidiéndole que nos llamara porque un ex-alumno de Excelsior que acababa de llegar a Miami le contó nuestra angustiosa situación.

 

La hermana C. no estaba en casa ni pudo ser localizada en las cuatro horas que estuvimos con el matrimonio. Ese día los esposos no fueron al Rosario en Santa Ana, ya que después de oirnos tomaron gran interés en ayudarnos; pero nos teníamos que ir, porque mi esposo no podía faltar a la escuela nocturna de la cual era el Director y ya eran las siete de la noche. La señora nos prometió que ella no se acostaría sin hablar con su hermana. Al día siguiente nos llamó diciendo que había encontrado el diccionario que estábamos buscando y podíamos ir a recogerlo en cualquier momento.

 

Con la carta vino el número de teléfono para hacer la cita con Polita, quien vivía en la residencia de su tío, en la Quinta Avenida de Miramar, y dos días después estábamos las tres en dicha mansión saludando al ex presidente y conversando con Polita, quien nos prometió conseguir las visa waivers para las niñas a la mayor brevedad, tan pronto tuviéramos los pasaportes que habíamos solicitado hacía más de un mes. Cuando le dije que nosotros no teníamos quien nos enviara los dólares para pagar los pasajes, ella nos tranquilizó diciendo que se encargaría de los Money orders también. Fue sorprendente la acogida tan cariñosa de esa señora, quien nos dio el número de su teléfono personal que se suponía no estaba intervenido.

 

La segunda visita a Polita fue para llevarle los pasaportes; la tercera para buscar  la visa waiver y el Money order para Yolanda, quien por tener 15 años la recibió primero que su hermana de 16; pero Polita nos aseguró que no había problema y la otra llegaría en pocos días. También nos aconsejó que sacáramos a Yolanda y después la hermana la seguiría; pero ellas se negaron a ir separadas. Cuando llegamos a casa recogimos la correspondencia con varias postales de Navidad y en una de ellas venía una visa waiver para Gladys, enviada  por una de sus amiguitas. ¿Casualidad? No creo. En todo momento sentí que algo superior a nosotros nos estaba ayudando. Dos días después, cuando Polita vio lo que habíamos recibido, nos dio el Money order para comprar el otro pasaje cuando dieran a mis hijas permiso para salir. Para entonces ya Gladys tendría la visa correcta. El turno para presentar la solicitud de permiso en la estación de policía era para finales de febrero (1962).

 

Una señora llamada Rosa, madre de unas alumnas, estaba en los trámites también con el esposo y dos hijas, y aunque no tenía los documentos completos iba a la cola de la estación de policía para cambiar los turnos que ya tenía. Allí conoció a un señor llamado Ricardo cuya hija tenía turno para el día siguiente y no tenía la visa waiver todavía. Me dio la dirección del señor y a su casa fuimos los cuatro, dispuestos a pagarle por dicho turno. Conocimos a la señora y a la hija Jenny; Ricardo, con mucho gusto nos dio el turno para el día siguiente, adelantando de esa manera la posible partida de nuestras hijas y tal vez de nosotros también.

 

Largos días, enormes semanas de angustia por todo lo que podía pasar, deseos nunca soñados de que les dieran permiso para salir pronto. Ya no pensábamos que nos íbamos a separar tal vez para siempre, sólo deseábamos librarlas del tormento en que se habían convertido nuestras vidas desde que Fidel Castro empezó a gobernar nuestra Cuba. Ellas nos decían que tan pronto llegaran a Miami escribirían al Presidente pidiéndole las visas para nosotros dos. Cuando finalmente llegó el telegrama con la fecha del vuelo en el mes de mayo,  pudimos comprar los pasajes y volver a casa de Polita para que las niñas se despidieran de ella.

 

 Fue una reunión increíble, que nunca hubiera soñado: nos recibió junto con su mamá y la hermana mayor, todas muy cariñosas. Yo no sabía cómo darles las gracias, cómo pagarle lo que había hecho por mis hijas; pero Polita me tranquilizó diciendo: “Yo estoy aquí haciendo esto porque es mi deber salvar del comunismo a cuantos niños pueda. Mi esposo y mis hijos ya se fueron, probablemente yo no los vuelva a ver, pero yo creo mi deber seguir aquí ayudando a todos los niños. Usted siga haciendo lo que siempre ha hecho como maestra: ayude a todos los niños que pueda.” Polita tenía un alma tan noble y era tan humilde en su trato que impactó grandemente a mis hijas quienes tuvieron el privilegio de conversar con ella. Pero esa grandiosa obra de sacar 14,040 niños solos y nuchos más con sus padres, los llevó a ella y a su hermano Ramón a prisión en 1965.

 

Partieron las niñas y nuestras vidas quedaron como en un limbo. Los rumbos que tomarían una vez llegadas a Miami era un enigma para nosotros, pero confiábamos en que personas responsables las recibirían en el aeropuerto y las guiarían a lugares adecuados. Nuestros amigos Margarita y Wifredo Marrero quienes vivían  en Avenida 23 y calle 9 del SW estaban pendientes, aunque no eran familia y tenían  un permiso nuestro para sacarlas del campamento en Florida City, lo que hacían todos los viernes y las tenían con ellos y su hija Piri, una niña de 14 años, hasta del domingo, para que no se sintieran abandonadas o sin familia, dándoles cariño, calor de hogar y compartiendo con ellas lo poco que tenían como recién llegados al exilio.Para poderlas alojar tenían que poner dos colcholes en el piso para Margarita y Gladys, mientras Piri y Yolanda dormían en los box springs y el esposo se tenía que refugiar en el sofá. Esto lo estuvieron haciendo por más de tres meses con diligencia y amor de verdadera familia hasta que las muchachitas fueron enviadas para Villa María en San Antonio, Texas. Allí formaron parte de un grupo de cuarenta niñas al cuidado de unas monjas y fueron enviadas todas a escuelas religiosas donde continuaron sus estudios.

 

A través de toda esta odisea nosotros recibimos muchas muestras de cariño y verdadera amistad, pero este gesto de la familia Marrero  fue algo increíble, incomparable, que siempre recordaremos. Los nombres de Polita, la familia Llansó, la hermana que nunca vimos y todas las personas que hicieron posible que nosotros cuatro saliéramos del horror en que se habían convertido nuestras  vidas, están siempre en mi mente y mis oraciones.

 

Tan pronto las hijas estuvieron en territorio americano solicitaron las visa waivers para sus padres y éstas fueron otorgadas por el presidente Kennedy; el 16 de julio pudimos Manolo y yo solicitar el permiso para salir por 29 días (había que mentir y pagar el pasaje de ida y vuelta) pero no nos dieron la salida hasta el 1ro. de octubre (1962) cuando ya nuestras hijas no estaban en Miami, cuando no teníamos un solo centavo y después de recibir el asilo político nos refugiamos por cuatro días en el apartamento de la familia Marrero hasta que conseguimos un efficiency (cuarto con estufa y baño)en el edificio aledaño.

 

Manolo se iba temprano a ayudar a su amigo Pérez Rubio, quien había abierto un restaurante y estaba dando cantina los siete días de la semana. No le podía pagar pero teníamos la comida asegurada. Desafortunadamente, el negocio no podía ir bien porque Miami en 1962 no estaba lista todavía para ese restaurante, ya que no había fuentes de trabajo, los cubanos recién llegados eran muy pobres, y el negocio fracasó. Pérez Rubio y su esposa fueron los que nos enviaron los Money orders para nuestro viaje, pues él y mi esposo eran grandes amigos, creadores de Radio Caribe.

 

La separación de mis hijas y del resto de mi familia (padre, madre, cinco hermanos con sus respectivas familias) me hacía sentir como una verdadera desterrada; estaba consciente de que si no aprendía inglés no volvería a ejercer como maestra, pues aunque Miami se iba llenando de cubanos que no lo hablaban, yo sabía que  éste era necesario para salir adelante y me matriculé en un curso intensivo que se estaba ofreciendo bastante cerca de la casa, pero muchas veces hacía el recorrido llorando y llena de angustia. La crisis de los cohetes tuvo lugar ese mes, a pocos días de nuestra llegada al exilio. No creo necesario mencionar las horas tan terribles que vivimos.

 

Aconsejados por nuestras hijas que habían estado investigando sobre los distintos lugares donde tendríamos más posibilidad de encausarnos, pedimos al Catholic Welfare que nos relocalizaran en Los Ángeles, pero era necesario tener un sponsor para ir a esa ciudad. Un anciano americano, Bob Hartigan, que estaba en la iglesia donde se anunció nuestro caso, ofreció su ayuda y gracias a él pudimos venir para California en enero de 1963 pero las hijas no nos fueron devueltas hasta junio, cuando terminó el curso escolar.

 

Fueron 13 meses los transcurridos desde el día en que tomaron el avión que las conduciría a Miami y el otro en que las recibimos en el  aeropuerto de Los Ángeles. Estábamos los dos en sendas factorías, haciendo cosas que nunca habíamos hecho ni teníamos interés en seguir haciendo, pero estábamos trabajando y estudiando inglés, felices de ver de nuevo a nuestras hijas con nosotros aunque ya no eran las niñas que se fueron de La Habana: eran unas muchachas llenas de experiencias nuevas, completamente bilingües, decididas a luchar , estudiar y salir adelante. … Y así lo hicieron

 

Polita estuvo en prisión 14 años y su hermano Mongo 23, sufriendo ambos  toda clase de horrores. Cuando fueron puestos en libertad se radicaron en Miami. Mi hija Yolanda vino desde Finlandia, donde estaba trabajando en el Cuerpo Diplomático, haciendo una parada en Miami para verla. Al llegar a casa en  California me dijo: “Mima, si yo hubiese venido solamente para verla a ella, hubiera valido la pena, pues fue una experiencia inolvidable. Tú tienes que ir a verla también”. Y así lo hicimos Manolo y yo cuando fuimos ese verano a Miami. Varias horas estuvimos conversando con los dos hermanos y recordando, pero ella no podía hablar todavía de sus años en prisión, aunque sí recordaba nuestras reuniones en su casa y algunas frases de mi hija Gladys, con quien sostuvo correspondencia  También nos llevaron a saludar a la hermana que estaba enferma, quien se alegró mucho de nuestra visita.

 

Volvimos a verlos en nuestro siguiente viaje a La Florida, cuando ya habían fallecido su hijo y su hermano Francisco; ella estaba enferma, moviéndose en una silla de ruedas, pero nos recibió con mucho cariño y ganas de hablar, agradeciéndonos el haber ido a verla. Estando nosotros con ella, llegaron dos señoras que habían estado presas con ella, y así supe que todas sus compañeras de prisión iban regularmente  a verla, atenderla y cuidarla.

 

Ya ella falleció y su hermano también, pero no es justo que se quede en el olvido la parte tan importante que ellos tuvieron en la susodicha Operación Peter Pan, pues muchos de los niños que hallaron libertad en esta tierra acogedora donde todos estamos, no saben el papel tan importante que les tocó desempeñar a la señora Paulina Grau de Agüero y a su hermano Ramón.

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Polita Grau Alsina, con su tio el ex presidente de Cuba, Ramon Grau San Martin.

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